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Gobernar la inteligencia artificial antes de que nos gobierne: Una mirada desde la cultura, la memoria y el Caribe

  • Foto del escritor: Rosalía Ortiz Luquis
    Rosalía Ortiz Luquis
  • 26 may
  • 5 min de lectura

La inteligencia artificial ya forma parte del trabajo cultural, educativo y comunitario. La pregunta no es si debemos usarla, sino cómo construir la capacidad ética, técnica y política para gobernarla sin entregar nuestra memoria, nuestros datos y nuestra posibilidad de decidir como colectivo.


Puerta antigua pintada con la bandera de Puerto Rico, símbolo de memoria cultural, identidad caribeña y soberanía frente a las infraestructuras tecnológicas.

Escribo sobre inteligencia artificial desde el trabajo que realizo día a día.


Desde la cultura.


Desde el lugar donde una propuesta, una base de datos, una imagen de archivo, una memoria institucional o el testimonio de una comunidad nunca son simples documentos. Son vínculos. Son confianza. Son trabajo acumulado. Son formas de recordar y de imaginar en común.


Quienes gestionamos proyectos culturales trabajamos todos los días con plataformas que nos permiten avanzar, ordenar, escribir, archivar, comunicar y sostener procesos que muchas veces nacen con pocos recursos y demasiadas urgencias. La tecnología hace posible una parte importante de nuestro trabajo. También lo acelera, lo amplifica y lo transforma.


Yo uso inteligencia artificial.


La uso para investigar, organizar información, ensayar estructuras, analizar escenarios y abrir posibilidades. La uso con entusiasmo, con curiosidad y también con gran sentido de responsabilidad. Porque toda herramienta que amplía nuestra capacidad de acción también amplía nuestra responsabilidad sobre sus efectos.


Por eso pienso que necesitamos hablar, con más seriedad y más claridad que nunca, sobre cómo se toman las decisiones alrededor de estas tecnologías.


El 1º de mayo, el Departamento de Guerra de Estados Unidos anunció acuerdos con ocho de las compañías de inteligencia artificial más poderosas del mundo —SpaceX, OpenAI, Google, NVIDIA, Reflection, Microsoft, Amazon Web Services y Oracle— para desplegar capacidades avanzadas de IA en redes clasificadas.


La noticia podría parecernos distante: Washington, Silicon Valley, defensa nacional, grandes contratos.


Sin embargo, aborda una pregunta que ya está en nuestras mesas de trabajo: ¿qué ocurre cuando las mismas infraestructuras que usamos para escribir, enseñar, comunicar, archivar y gestionar cultura forman parte también de arquitecturas de defensa, inteligencia y vigilancia?


La pregunta tecnológica se vuelve entonces una pregunta cultural y política.


¿Quién diseña las herramientas con las que pensamos?¿Dónde viven los datos con los que trabajamos?¿Qué valores quedan registrados en los sistemas que usamos cada día?¿Qué formas de poder se vuelven invisibles cuando una plataforma se vuelve indispensable?


Anthropic, la empresa detrás de Claude, quedó fuera de ese paquete de acuerdos mientras sostiene una disputa judicial con el Pentágono sobre los límites del uso de sus modelos de inteligencia artificial generativa. El punto importante aquí va mucho más allá de una empresa en particular. Las grandes corporaciones tecnológicas tienen intereses, contradicciones y zonas oscuras, incluso cuando hablan en nombre de la ética.


Este conflicto nos revela algo más grande: la inteligencia artificial es ya toda una infraestructura de poder.


Y toda infraestructura de poder necesita gobierno, deliberación pública, límites, protocolos, vigilancia ciudadana y responsabilidad compartida.


Ayer, 25 de mayo, el Papa León XIV presentó Magnifica Humanitas, su primera encíclica, dedicada a la protección de la persona humana en tiempos de inteligencia artificial. En la presentación estuvo Christopher Olah, cofundador de Anthropic y una de las figuras más reconocidas en el campo de la interpretabilidad de IA.


Traigo este dato porque añade una capa importante a la conversación.


El debate sobre inteligencia artificial ya salió del laboratorio. Está en los gobiernos, en las empresas, en las universidades, en las iglesias, en las escuelas, en las organizaciones comunitarias y en la vida cotidiana. La IA dejó de ser solamente una discusión sobre capacidad técnica. Es una discusión sobre dignidad, trabajo, creación, memoria, lenguaje, verdad y mundo común.


El New York Times describía esta semana en un reportaje sobre el tema algo que me parece clave: Silicon Valley lleva décadas construyendo una imaginación casi religiosa sobre la tecnología. La promesa de superar los límites humanos, optimizar la vida, acelerar la historia, vencer la muerte, acercarse a una forma de trascendencia técnica.


Esa promesa seduce porque habla de futuro.


Pero el futuro también necesita preguntas.


Las máquinas son herramientas. Poderosas, complejas, fascinantes. Precisamente por eso necesitan responsabilidad humana. Necesitan instituciones capaces de deliberar. Necesitan comunidades capaces de preguntar. Necesitan culturas políticas que no confundan velocidad con sabiduría ni eficiencia con justicia.


Ahí es donde este tema me toca de cerca.


Me toca desde un espacio de trabajo donde se escriben propuestas culturales para que un proyecto pueda existir. Desde un salón de clase donde estudiantes buscan su lugar en las industrias creativas. Desde una organización sin fines de lucro que guarda información sensible de las comunidades con las que trabaja. Desde un archivo de imágenes que contiene memoria de país. Desde una reunión de junta donde todavía falta preguntar qué política interna existe para usar inteligencia artificial.


Los datos culturales son relaciones.

Son historias.

Son nombres.

Son trayectorias.

Son vulnerabilidades.

Son formas de confianza.

Son memoria viva.


Cuando una organización cultural sube información sensible a una plataforma, está tomando una decisión ética. También cuando automatiza una comunicación. También cuando delega una tarea de análisis. También cuando usa IA para escribir, segmentar, clasificar, resumir o interpretar.


La gobernanza empieza ahí: en reconocer que cada decisión técnica organiza una forma de relación.


Desde Puerto Rico, esta conversación tiene una densidad particular. Vivimos en un país donde muchas infraestructuras esenciales han sido diseñadas, administradas o reguladas desde lejos. Sabemos lo que significa depender de sistemas que se presentan como inevitables. Sabemos lo que significa trabajar dentro de marcos jurídicos, económicos y tecnológicos donde nuestra capacidad de decisión suele llegar tarde, llegar fragmentada o ser inexistente.


Por eso, hablar de inteligencia artificial desde aquí implica hablar de soberanía tecnológica, soberanía de datos, acceso, dependencia, derechos culturales y memoria comunitaria.


Implica construir criterio.

Implica leer términos de uso.

Distinguir entre información pública e información sensible.

Definir protocolos antes de subir datos comunitarios.

Preguntar si nuestras conversaciones entrenan modelos.

Exigir transparencia a proveedores.

Crear políticas internas de uso de IA.

Formar equipos.

Educar estudiantes.

Conversar con juntas directivas.

Decidir qué tareas pueden automatizarse y cuáles requieren presencia, juicio y cuidado humano.


También implica afirmar algo fundamental: la cultura es más que contenido.


La cultura es una forma de vida compartida.

Una manera de hacer memoria.

Una práctica de imaginación colectiva.

Un espacio donde una comunidad decide qué cuida, qué transmite y qué futuro se atreve a construir.


Por eso esta conversación pertenece también al sector cultural.


Pertenece a quienes educan.

A quienes archivan.

A quienes gestionan proyectos comunitarios.

A quienes trabajan con públicos vulnerabilizados.

A quienes comunican causas.

A quienes sostienen instituciones pequeñas con responsabilidades enormes.

A quienes saben que una métrica nunca cuenta toda la historia.


La inteligencia artificial nos obliga a pensar de nuevo qué entendemos por inteligencia. Podemos reducirla a velocidad, cálculo, predicción y eficiencia. O podemos ampliarla hacia otra idea: inteligencia como capacidad de cuidar el mundo común; como responsabilidad sobre las herramientas que creamos; como atención a las consecuencias; como posibilidad de decidir juntes qué vidas queremos proteger y qué futuros queremos cultivar.


Esa conversación hay que darla desde aquí.


Desde Puerto Rico.

Desde el Caribe.

Desde la cultura.

Desde las organizaciones que trabajan con memoria, comunidad y sentido.


La pregunta que dejo aquí es esta:

¿Estamos construyendo la capacidad ética, técnica y política para usar la inteligencia artificial sin entregar, en el proceso, aquello que precisamente nos hace humanos: la posibilidad de recordar, imaginar y decidir como colectivo?


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