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La IA sin la cultura es otra forma de desigualdad

  • Foto del escritor: Rosalía Ortiz Luquis
    Rosalía Ortiz Luquis
  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura

Hay una escena que se repite: cuando aparece la inteligencia artificial en la conversación pública, casi siempre se enfoca en la productividad. Eficiencia. Competitividad. “Innovación”. Y, con suerte, en empleo —o desempleo.


La cultura, cuando aparece, llega tarde y casi como nota al calce.


Pero si la IA reorganiza el lenguaje, la visibilidad y el acceso a la información, entonces no es solamente una herramienta. Es una infraestructura simbólica. Y lo simbólico, en un país y archipiélago como Puerto Rico, nunca ha sido algo secundario. Lo simbólico es donde nos disputamos la dignidad, la memoria y la posibilidad de imaginar un futuro colectivo.

Portada de la publicación de la UNESCO Re|Shaping Policies for Creativity (2026)
Re|Shaping Policies for Creativity (UNESCO, 2026)

Este texto se apoya en el informe global de la UNESCO Re|Shaping Policies for Creativity (2026), publicado en el marco de la Convención de 2005 sobre la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales. La edición de 2026 analiza políticas y medidas reportadas por países entre 2021 y 2024 y sitúa el entorno digital —incluida la inteligencia artificial— como uno de los espacios donde hoy se decide la diversidad cultural, la libertad de expresión y las condiciones de trabajo de las personas creadoras.


1. La brecha ya no es solo de acceso

Durante años, la brecha digital se midió en términos de acceso: conectividad, dispositivos, infraestructura tecnológica. Esa discusión fue necesaria. Pero hoy es insuficiente.


La brecha hoy también es cognitiva y política: quién entiende los sistemas que curan la información, quién puede cuestionarlos, quién sabe usarlos sin ser usado, quién puede auditarlos. En otras palabras: quién participa en la producción de sentido.


Cuando un sistema automatizado decide qué se recomienda, qué se entierra, qué se considera “relevante”, no estamos frente a un fenómeno neutral. Estamos frente a una forma de distribución del mundo.


Piensa en el anuncio de una actividad cultural local: una conversación con una artista, una microexposición, un taller comunitario. Tú lo trabajas con rigor —video, copy, arte, calendario—, pero el alcance no depende solo de tu trabajo. Depende de si el algoritmo lo clasifica como contenido “relevante”. Si no genera interacción rápida en las primeras horas (likes, shares, comentarios), la plataforma lo muestra a menos gente. En la práctica, una actividad comunitaria puede volverse invisible no porque no importe, sino porque compite con otros contenidos diseñados para enganchar. La desigualdad, en este contexto, ya no es acceso: es visibilidad.


Y es ahí donde la cultura se convierte en el campo de batalla.


2. El punto ciego de la gobernanza de la IA

La UNESCO señala algo incómodo: aun con la proliferación de marcos, reglamentaciones, declaraciones y leyes sobre inteligencia artificial, la cultura suele quedarse fuera. Se regula lo técnico, se discute lo económico, se invoca la ética; pero se omite el hecho de que la IA impacta directamente la diversidad cultural, la visibilidad de lenguajes minoritarios, la concentración del mercado y la autoría.


Esa omisión no es un descuido. Es un síntoma.


Porque cuando la cultura no entra en la gobernanza digital, la desigualdad se vuelve más profunda: no solo se trata de ingresos y oportunidades, sino de quién cuenta, quién tiene voz, quién aparece como “posible” en el imaginario colectivo.

Esto lo llamaré "brecha simbólica" y, sí, existe.


3. Puerto Rico: soberanía cultural en la era de los algoritmos

La palabra soberanía suele colocarse en el terreno de los tratados, las fronteras y los poderes formales. Pero hay otra soberanía, menos visible y más cotidiana: la capacidad de producir sentido propio.


Para lxs puertorriqueñxs —y caribeñxs en general— la cultura ha sido, durante décadas, un espacio real de autodeterminación: lengua, música, archivo oral, prácticas comunitarias, creatividad popular. No como romanticismo, sino como forma de existencia política.


Ahora ese terreno también es algorítmico.


La pregunta ya no es solo quién gobierna un territorio. La pregunta es quién entrena los modelos que organizan la conversación global. Quién define qué español se considera estándar. Qué acentos se vuelven “raros”. Qué referencias culturales se reconocen. Qué historias se indexan. Qué vidas se vuelven invisibles.


Si nuestras narrativas no circulan, si nuestras prácticas no se documentan con cuidado, si nuestras comunidades no adquieren herramientas críticas para habitar lo digital, la dependencia no será solo económica o jurídica. Será epistémica: dependeremos de marcos ajenos para entendernos.


Y es aquí donde esto se convierte en un tema profundamente político.


4. Dejar de “usar herramientas” y empezar a formar ciudadanía

Una de las trampas del momento es reducir la alfabetización digital a tutoriales: cómo escribir un prompt, cómo editar una imagen o cómo automatizar una tarea.


Eso es lo superficial.


La pregunta relevante es otra: ¿qué tipo de ciudadanía necesitamos para vivir en un ecosistema mediado por sistemas automatizados?


Ciudadanía digital crítica significa entender los sesgos, proteger la privacidad, reconocer las dinámicas de manipulación, sostener los derechos. Pero también significa algo más: defender la creatividad humana como bien público y no como cantera gratuita para entrenar modelos.

El informe de la UNESCO advierte que, si la cultura no entra de lleno en la gobernanza de la IA, los riesgos se multiplican: falta de datos sobre impacto, respuestas públicas insuficientes y mayor fragilidad para quienes ya trabajan en condiciones precarias en el sector cultural y creativo.


Dicho sin mucha vuelta: si el futuro digital se diseña sin la cultura presente, lo pagarán primero quienes menos margen tienen para defenderse.


Imagen de mano robótica y mano humana con tatuajes tocándose

5. Una agenda mínima de política pública

Si aceptamos que la IA es también un asunto cultural, entonces necesitamos mover la conversación del entusiasmo o el miedo hacia decisiones concretas. Propongo una agenda mínima, practicable, para un país y archipiélago como el nuestro:


  1. Educación en IA con enfoque de derechos. No para “consumir tecnología”, sino para ejercer criterio, poder de decisión y protección.

  2. Política de datos con conciencia cultural. Qué se recolecta, cómo se guarda, quién accede, qué lenguajes se preservan, qué comunidades participan.

  3. Transparencia y rendición de cuentas. Especialmente en sistemas automatizados que median acceso a servicios, información u oportunidades, y más aún cuando afectan a poblaciones vulnerabilizadas.

  4. Protección de autoría y remuneración justa. Sin romantizar la precariedad creativa como destino inevitable.

  5. Estrategias activas de diversidad lingüística y cultural. No basta con “estar en internet”; hay que ser visible, encontrable y reconocible en condiciones justas.


No se trata de frenar la IA. Se trata de decidir desde dónde la pensamos y para quién la implementamos.


En fin que la soberanía cultural en la era de la inteligencia artificial no comienza en una cumbre internacional. Comienza en la capacidad de una comunidad para entender, cuestionar y usar críticamente las tecnologías que organizan su mundo simbólico.


La pregunta no es si la IA entró a la cultura —eso ya lo hizo hace rato. La pregunta es quién entra con ella.

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