Residencia, poder y economía de lo simbólico
- Rosalía Ortiz Luquis

- 21 sept 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 10 ene
Cuando un concierto mueve millones y también deja preguntas: ¿cómo convertir la euforia en un plan cultural sostenible?

Bad Bunny hizo historia en Puerto Rico. El último concierto de su residencia en el Coliseo de Puerto Rico, transmitido en vivo por Amazon Prime Video, reunió a 11.2 millones de personas en todo el mundo. Un récord que lo coloca por encima de Beyoncé, Taylor Swift y Billie Eilish en audiencias globales.
La residencia No me quiero ir de aquí —30 conciertos entre julio y septiembre en San Juan— dejó un impacto económico estimado entre 377 y 713 millones de dólares, con más de 600,000 asistentes y alrededor de 3,600 empleos generados. Más del 80% de ese beneficio se concentró en la capital, San Juan: hoteles llenos, restaurantes desbordados, transportación a tope y comercios locales revitalizados.
Todo parece triunfo. Pero, ¿qué nos dice esta residencia sobre quiénes somos y hacia dónde vamos?
“No me quiero ir de aquí”
El título de la residencia resuena como un grito colectivo. En un país marcado por la emigración forzada, el desplazamiento de comunidades enteras, la precariedad y el abandono institucional, decir “no me quiero ir de aquí” es afirmar la vida en común, resistirse al éxodo.
Bad Bunny juega con símbolos como el jíbaro, el sapo concho y la flor de maga, resignificados desde el escenario global, ya no como folclor campesino, sino como resistencia cultural en medio de la globalización. Es un gesto potente, capaz de generar comunidad. Millones de personas, dentro y fuera de Puerto Rico, sintieron que esa frase les hablaba de pertenencia, orgullo y dignidad.
Amazon y los silencios del mercado
Como diría Chomsky, el espectáculo está mediado por estructuras de poder. Amazon no transmite por altruismo: acumula datos, audiencia y legitimidad. La cultura se convierte en mercancía global y hasta el patriotismo se empaqueta para streaming.
Y también están los silencios. Muchxs fans pidieron a Bad Bunny una postura sobre Gaza. Esta no llegó. Puedes gritar patria en el Choli, pero no desafiar alianzas geopolíticas cuando tu voz depende de corporaciones con intereses en Washington y Tel Aviv.
La economía del espectáculo
La residencia fue motor económico en plena temporada baja. Turistas prolongaron sus estancias, consumieron más y movieron negocios locales. San Juan respiró oxígeno nuevo.
Pero también surgen preguntas: ¿Qué pasa con las comunidades fuera del área metropolitana? ¿Se traducirá este impacto en inversión directa en la industria musical y cultural del país, fortaleciendo a sus creadorxs más allá del espectáculo?
Entre emancipación y espectáculo
El concierto fue ambas cosas: celebración popular y engranaje del mercado global. Orgullo y silencio. Potencia y límite.
Lo común –eso que nos pasa a todxs– se vivió esas noches de música: la sensación de estar juntos, de afirmar que Puerto Rico existe y resiste. Pero también se vivió la captura: el poder de las plataformas que deciden qué se amplifica y qué se calla.
Y ahora, ¿qué?
El reto es no dejar que la euforia se disuelva. Este momento histórico debe servir para reclamar más: mejores servicios y condiciones para el sector de la cultura, más justicia, más autonomía. La cultura no puede ser solo una bandera en el escenario; tiene que ser también herramienta de transformación real.
Aquí, la tarea ineludible: convertir el impacto de esta residencia en la base de un plan sostenible para todo el ecosistema musical y artístico del país. No basta con que el turismo se reactive ni con que Amazon proclame récords. Puerto Rico necesita que este impulso se traduzca en empleo estable para músicos, técnicos, productoros y artistas de todos los géneros musicales.
Si no logramos que esta ola se convierta en marea, lo vivido quedará en anécdota. Si, en cambio, se organiza como parte de un plan de desarrollo cultural sostenible, no hablaremos solo de un récord en streaming, sino de un futuro más justo para quienes hacen posible que Puerto Rico siga sonando.
